22. Enno Haar
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Aún hoy en día, y habiendo transcurrido ya décadas, a mi madre todavía le gusta contarme a mí, y a todos los que quieran escucharla, cómo fue mi primer día de escuela, la primera vez que fui al jardín de infancia. Debía de tener unos cuatro años, no me acuerdo. Pero según mi madre, y debe ser verdad, porque ha repetido la historia cientos de veces, le dije de camino al colegio: “Me duele un poco la barriga. Quiero volver a casa.” Cuando me dejó en la escuela, ella cuenta que me oyó llorar hasta que se alejó lo suficiente como para dejar de hacerlo. Al final todo salió bien. A excepción del primer día, disfruté yendo a la escuela primaria.
No lloré en mi primer día de escuela en España, al menos, no en voz alta. Pero estaba cagado. Fue en Málaga, a finales del año 2021. Unos días antes ya había ido a la escuela para matricularme. Las primeras impresiones no fueron buenas: hacía mucho calor, el lugar era pequeño y estrecho y, habiendo estudiado solo con Duolingo en los meses anteriores, no podía decir ni buenos días en español. Finalmente, opté por apuntarme hablando en inglés con la secretaria. Me matriculé en un curso de una semana, la duración mínima.
El primer día oficial de clases fue un lunes. Llegué con tiempo de sobra. Alguien me llevó a una sala donde ya había una chica. Ella se presentó: era Emma, de Alemania. También era su primer día. En sus ojos vi el mismo alivio que yo sentí al verla: afortunadamente, no era el único que empezaba aquel día y además, me aseguraba de que había otra persona que hablaba inglés. Alrededor de las 9:00, la hora a la que daba comienzo la clase, llegaron cinco jóvenes hablando en un idioma del que no podía entender nada. Empecé a sudar. Estaba muy feliz con Emma. Y creo que ella también lo estaba conmigo. Entonces entró el profesor. Un hombre español mayor, bajo, canoso y algo corpulento. En letras grandes escribió en la pizarra: Álvaro, España, Málaga. Con una sonrisa en su rostro, repitió lentamente su nombre, país de origen y lugar de residencia en español. Nos pidió, o eso creí entender, que hiciéramos lo mismo. Los cinco amigos mencionaron su nombre uno por uno (me pareció entender que dos de ellos se llamaban Ahmed). Luego, escuché algo similar a Marruecos seguido de las residencias, entre las cuales Marrakech y Casablanca me sonaban. Entonces llegó mi turno. “Jan, Holanda, de Achterhoek”. Tres palabras. Aún no se consideraba una frase, pero sí, lo había hecho. Por último, la chica. Emma, Hamburgo, Alemania. ¡Pero ella siguió! Continuó diciendo algunas palabras en español. ¡Parecía una frase! ¡Y otra! Álvaro sonreía con satisfacción, tras esto, salió del aula. Nos miramos sin saber qué pasaba, aunque escuchábamos a Álvaro discutiendo con alguien en el pasillo. Yo me temía lo peor. Cuando regresó, le pidió a Emma que recogiera sus cosas y lo acompañara. Ella obedeció y caminó con él. Me entró el pánico. La única persona que creía que sería mi compañera y aliada en esta sala de torturas se había marchado y me había dejado con cinco jóvenes que hablaban árabe. Lloré por dentro.
A Emma la llevaron directamente al segundo nivel. Y yo, a excepción del primer día, disfruté yendo a la escuela esa semana. Esa y muchas más.
¡Ahora practica tu comprensión lectora!
1. ¿Quién llega primero al aula de la escuela?
A. Jan, el escritor de la historia
B. Emma, la chica
C. Álvaro, el profesor
D. Los chicos marroquíes
2. ¿Durante cuánto tiempo ha tenido el protagonista clases en la escuela en Málaga?
A. Un día
B. Algunos días
C. Una semana
D. Muchas semanas
3. ¿Qué idioma NO se menciona en la historia?
A. Inglés
B. Alemán
C. Árabe
D. Español
4. ¿Qué expresión de la historia NO tiene relación con los nervios del protagonista?
A. “Me duele un poco la barriga”
B. “Estaba cagado”
C. “Para matricularme”
D. “Yo me temía lo peor”
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