3. Bar de hotel

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3. Bar de hotel

“¿Se puede ser adicto a los bars de hotel?” Este fue el mensaje que wasapeé a una amiga. Luego vi que el plural de ‘bar’ es ‘bares’. Entonces, bares de hotel. Es uno de mis placeres culpables. No tengo ni idea de dónde me viene este gusto. Preferentemente, los de hoteles con un toque de distinción: nada mejor que tomar una buena cerveza observando lo que sucede a mi alrededor. En el pasado, más de una vez ha ocurrido que no he llegado más allá del bar del hotel en la primera noche, aunque estuviera acompañado de amigos en una ciudad divertidísima. “Nada es lo que parece” podría ser un lema más que apropiado para estos bares. Te invito a que pases una noche allí y te aseguro que sabrás exactamente a lo que me refiero.

Mañana, bien temprano, sale mi tren dirección Madrid. Es la primera vez que tendré clases de español en la capital española y eso me resulta emocionante. He comprado una entrada para el partido de fútbol Atlético de Madrid – Real Betis el domingo. Esta noche es la última noche en Málaga. Tenía planeado tomar una última cerveza en Only You, un hotel de lujo, ubicado al principio de la calle Larios, equivalente español de la Kalverstraat en Ámsterdam. Dos cervezas, como máximo, porque mañana tengo que levantarme pronto.

Estoy sentado en un taburete alto, en una mesa alta, de espaldas a la entrada. Pido una cerveza y decido comer algo, aunque aún falta mucho para la hora de cenar en España. En la mesa que tengo justo enfrente está sentada, aunque de espaldas a mí, una jovencita sola, muy delgada y despampanante. Luce un hermoso vestido, por calificarlo de alguna forma, negro que solo le cubre el pecho y la cintura hasta terminar muy por encima de las rodillas. Tiene sus largas uñas pintadas y un pequeño tatuaje en la muñeca izquierda. Los tacones que lleva deben medir, al menos, doce centímetros y su larga melena se mueve suavemente sobre sus hombros. Su reloj brilla y se hace notar. Sobre la mesa hay un bolso de Luis Vuitton, junto con un vaso de agua. Su móvil la tiene completamente absorta.

La comida está buenísima, pido una cerveza más y miro a la gente en el bar. No hay mucha, la verdad. Entretanto, me dedico a elucubrar sobre la chica rubia: «¿qué hace aquí?; ¿cuál será su historia?; ¿a qué se dedicará?; ¿por qué llevará un vestido así?» Todos los camareros entablan una charla amistosa con ella. Pido una cerveza más, la señorita se va y yo la miro unos segundos más.

Alguien sube el volumen de la música. ¿O puede ser que alguien acabe de ponerla? De hecho, no puedo recordar qué música sonaba antes. Otra cerveza. Pasan Elvis Presley, los Beatles, Sade y Einaudi. Otra cerveza. Ahora el bar está animado. Stevie Wonder, Whitney Houston y Miley Cyrus. Otra cerveza. Y una más. ¿Están aplaudiendo después de cada canción? Me parece un poco raro. Entra más gente y pido una cerveza más. De repente, la entrada del bar llama mi atención. ¡Ahí está, detrás del piano! Toca el piano y canta. Todos la miran. Pido otra cerveza. Cojo mi bloc y empiezo a escribir esta historia. De vez en cuando la miro, ella sonríe. Otra cerveza. Cuando termino, arranco una hoja de papel de mi bloc y escribo en español: ‘Soy escritor y acabo de escribir una historia sobre ti’. Debajo escribo mi número de teléfono. Pago la cuenta y me dirijo hacia la salida. Mientras todos la miran cantando I Will Survive de Gloria Gaynor, pongo la hoja de papel sutilmente en el piano.

Subo rápido al taxi, todo me da vueltas. Mañana temprano me voy a Madrid.