22. Enno Haar
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En todas las piscinas de España es obligatorio llevar gorro de baño y chanclas. Usar gorro no me supone un problema, también lo hago en los Países Bajos. Pero nunca uso chanclas. Además, ocupan un espacio innecesario en mi maleta. Afortunadamente, saltarse las reglas está permitido en este país. A veces me llama la atención el socorrista, pero con decir que se me han olvidado es suficiente. Hasta hoy.
Entro al gimnasio aquí en Granada, donde está la piscina. He tenido clases de español esta mañana, y voy a comer después de hacer ejercicio. Nada más llegar a Granada compré un bono mensual, puesto que, aunque vaya solo cuatro veces ya es más barato que si pagara por una entrada individual. Entro directo al vestuario a desvestirme, a poner mis cosas en una taquilla, a ducharme, e inmediatamente después bajo las escaleras hacia la piscina de 20 metros. Una piscina muy inusual, por cierto, porque normalmente miden 25 metros de largo. Estoy de pie delante de una pequeña puerta de entrada que debería abrirse con la huella dactilar. Este sistema no funcionaba las veces anteriores y tampoco he visto a nadie más que abriera la puerta de esa manera. Afortunadamente, siempre hay un socorrista al lado para abrir la puerta a distancia. Hoy, sin embargo, la socorrista está ocupada impartiendo una especie de clase de aguagym: tres de las seis calles están ocupadas por unas 50 personas mayores moviéndose en el agua al ritmo de Britney Spears, que suena tan alto que no soy capaz ni de oír mis propios pensamientos. Estas pobres víctimas son además castigadas con berridos entusiastas que la socorrista emite a través de su micrófono mientras se mueve de forma exagerada en la piscina. Hoy la puerta tampoco se abre. Mientras 50 pares de ojos me observan, espero a que la socorrista se dé la vuelta y abra la puerta. Finalmente se gira, y con una mirada asesina, dice por el micrófono que no puedo entrar por no llevar chanclas. Sorprendido por su reacción y por la situación, me quedo en la puerta. Después de un rato, ella mira hacia atrás y me repite lo mismo. Debido al tremendo volumen de la música y a la distancia que nos separa, mantener una conversación no es posible, así que intento usar mi lenguaje corporal para indicarle que se me han olvidado las chanclas. Sin embargo, ella solo tiene ojos para sus estudiantes en la piscina. En ese momento barajo la posibilidad de saltar directamente por la puerta, que tiene unos 80cm de altura. Después del tercer contacto visual con ella, escucho que, de nuevo, dice a través del micrófono a su clase que no voy a entrar me ponga como me ponga. Los más de 100 ojos miran con entusiasmo cómo se desarrolla esta lucha de poder. Bueno, se acabó la función.
Con un gran sentimiento de impotencia subo las escaleras de nuevo en dirección al vestidor, iracundo por dentro, pero muy sereno por fuera. Me seco, saco mis cosas de la taquilla, me visto y salgo del gimnasio, todavía muy enfadado. Primero, como algo para sosegarme. Eso solo me calma un poco. La camarera me dice que puedo comprar unas chanclas a la vuelta de la esquina y vuelvo al gimnasio no más de una hora después de mi primera visita. De nuevo al vestidor, otra vez estoy aquí quitándome la ropa, otra vez mis cosas en la taquilla, otra vez en la ducha y otra vez bajando las escaleras a la piscina de 20 metros. El aquagym ha terminado. Ahora la piscina está incluso vacía. La huella no funciona, por supuesto, y estoy esperando a que la socorrista me vea. Es la misma. Muestro mi nueva adquisición con gesto cínico. Cuando abre la puerta se acerca a mí para reiterarme que las chanclas son obligatorias. En un tono poco amistoso le digo que me pareció muy feo la forma en la que lo hizo, a través del micrófono y enfrente de un gran grupo de personas. Me pregunta si pretendía que parara su clase. El resto de su historia, contada de forma igualmente poco amistosa, no puedo entenderla por la velocidad de su español. Le digo que no tengo bono y que, por lo tanto, he tenido que pagar la entrada dos veces. Parece realmente disgustada por esto último, y agacha la cabeza.
Solo en la piscina, haciendo mis largos y con la socorrista al lado, me digo que ahora podría ser un buen momento para emitir mis primeras disculpas en español.